Teología-ficción: Ulises y Penélope casados por la Iglesia

Pbro. Eddy Palacios
Pbro. Eddy Palacios

 

 

En el próximo mes de octubre tendrá lugar en Roma el Sínodo de Obispos sobre la vocación y la misión de la familia en el mundo contemporáneo. Por este motivo quisiera ofrecer para la sección de espiritualidad de esta página de exalumnos del Colegio de Infantes una reflexión a propósito de la dignidad del sacramento del matrimonio.

En la Odisea se nos relata el modo cómo Penélope espera el regreso de su esposo Ulises, que ha marchado a la guerra de Troya y tarda en volver. Solicitada por muchos pretendientes, ella dice que contraerá un nuevo matrimonio cuando haya terminado de tejer un sudario en el que está trabajando. Para que esta tarea se prolongara el mayor tiempo posible, deshacía por la noche lo que había tejido en el día, y así, durante veinte años, hasta que finalmente regresa el héroe y viven felices, junto con su hijo Telémaco, en la tierra de Ítaca.

Homero presenta en Ulises y Penélope un modelo de excelencia humana. Ulises destaca por su prudencia y tenacidad. Penélope encarna la fidelidad, la espera inteligente, y la fortaleza interior ante una situación matrimonial que muchos daban por perdida.

Estos personajes son ajenos a la Revelación bíblica, pero expresan bien muchos valores que forman parte del proyecto que tuvo Dios al comienzo de la historia de la humanidad en relación con el matrimonio, y que, desdibujados por la dureza de los corazones de los hombres (cfr. Mt 19,8), quedaron restablecidos y perfeccionados con la venida de Nuestro Señor Jesucristo y la elevación del matrimonio a la categoría de Sacramento.

¿Qué habría pasado –aquí aparece la ficción– si Ulises y Penélope hubieran estado unidos por el sacramento del matrimonio?

Para dar una respuesta a esta hipotética cuestión, tendríamos que partir del hecho de que, como explica San Pablo (cfr. Ef. 5,25-26), Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Cuando un hombre y una mujer unen sus vidas con el Sacramento del Matrimonio, su unión participa de la alianza entre Cristo y la Iglesia. Estamos ante algo portentoso, un gran misterio: Dios otorga a los esposos la gracia para que se entreguen y se amen como Cristo amó a su Iglesia, con un amor incondicional, total, fiel, fecundo.

Volviendo al caso de nuestros personajes épicos, considero que el sacramento del matrimonio no solo no habría modificado esta historia de amor sino que habría fortalecido aún más las notables cualidades que tenían para tantas adversidades. O, dicho de otra manera, el matrimonio en la Nueva Alianza en Cristo es lo único capaz de hacer que esa saga no sea solo una tradición legendaria sino una historia real en la vida de tantas parejas que, en medio de las más variadas adversidades por las que puedan atravesar, están en condiciones de ser algo más importante que héroes: ¡santos!

Ciertamente el matrimonio es una vocación a la santidad en la Iglesia. Algunos fieles, normalmente los menos, reciben un llamado de Dios al sacerdocio, o a la vida consagrada, o bien, desde las actividades seculares, realizarán en dedicación total y viviendo el celibato apostólico, un servicio sobrenatural para los hombres, sus hermanos. Si Dios te llama por alguno de esos caminos, ¿qué esperas para responder que sí? Pero no se agotan allí las vocaciones. El matrimonio es un camino vocacional al cual se llega, no por casualidad, sino como parte de los planes de Dios. Es frecuente encontrar personas que, quizá por desconocimiento de la verdadera naturaleza del matrimonio, van a él sin enterarse de que están aceptando su vocación.

Viene al punto recordar otra pareja ejemplar: la de Tobías y Sara, cuya historia se nos narra en el libro de Tobías en el Antiguo Testamento. Al inicio de la historia viven cada uno a una distancia considerable y ni siquiera se conocen. Pero, a través de diversas vicisitudes, el Señor les conduce a un piadoso matrimonio y los colma de bendiciones. De hecho, una de las lecturas posibles para el rito del matrimonio está tomada de este libro bíblico.

Como toda vocación, el matrimonio lleva consigo también una misión: “El matrimonio introduce en un ordo eclesial, crea derechos y deberes en la Iglesia entre los esposos y para con los hijos” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1631). A veces he preguntado a alguna señora: ¿cuál es su papel en la Iglesia? Y me ha respondido algo como: “Yo leo las moniciones en la Misa.” Le digo: “Sí, eso está muy bien, pero, ¿es usted casada?” –“Sí, pero mi marido tiene muy mal carácter, y mis hijos son muy rebeldes…” Y yo pienso, entonces, ¿qué importancia está dando a ese ordo eclesial y a la gracia sacramental del Matrimonio, llamada a acrecentarse cada día? Habría que recordar a esa esposa y madre cristiana que su primera tarea dentro de la Iglesia está dentro de su familia, con todas las realizaciones y las pruebas que esto lleva consigo. “Pero es muy difícil”. Más que en la dificultad, piense en esto: “La fuerza del amor de Cristo por su Esposa, la Iglesia, es la que da vitalidad a mi matrimonio”.

Muchos hombres y mujeres casados han sido elevados a los altares. Especial testimonio para nuestro tiempo son los que lo han sido como matrimonio, tal el caso de los esposos italianos Luis y María Beltrame Quattrocchi, beatificados por Juan Pablo II, y los padres de Santa Teresa de Lisieux, Louis Martin y Zélie Guérin, beatificados por Benedicto XVI y próximamente canonizados. Hay además varios procesos de canonización en marcha, como por ejemplo los esposos Manuel Casesnoves y Adela Soldevila, Fernando Crespo y María de Miguel, Eugenio Balmori y María Cinta, Tomás Alvira y Paquita Domínguez.

Pero quizás las grandes virtualidades del Sacramento del Matrimonio son todavía muy desconocidas en nuestro medio. Pero quizás las grandes virtualidades del Sacramento del Matrimonio son todavía muy desconocidas en nuestro medio. Si damos un vistazo a las estadísticas, redondeando los datos para facilitar nuestra reflexión, y sin tomar en cuenta las parejas que viven en unión libre, en los últimos años en el Departamento de Cortés, Honduras, donde resido actualmente, se inscriben aproximadamente 5000 matrimonios civiles al año, de los cuales un buen porcentaje seguramente son fieles de la Iglesia Católica, por lo que se esperaría que hubiera un número proporcional de matrimonios por la Iglesia. Sin embargo, únicamente se celebran alrededor de 600 matrimonios sacramentales al año en ese territorio.

Como explicaba el Papa Francisco, como fruto de la “cultura de lo provisional”, muchos jóvenes se resisten a tomar decisiones definitivas porque sienten un fuerte miedo al fracaso, y acarician tentación de dejar siempre abierta una pequeña vía de escape por si acaso sus proyectos se desmoronan.

Imaginemos que en una ceremonia de matrimonio, ante la pregunta ritual “¿quieres recibir a N. como esposa y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y así amarla y respetarla todos los días de tu vida?”, la respuesta fuera un débil “Talvez quiero!”.

O bien que se empleara esta otra fórmula: “Yo te recibo a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel el 99% de los días”.

El matrimonio no funciona así. Requiere una entrega irrevocable, hasta que la muerte los separe. Hace falta una disposición generosa para procurar cumplir de la mejor manera posible, todas y cada una de las obligaciones que la vida matrimonial lleva consigo, dándose sin reservas al cónyuge, olvidando los propios caprichos con el fin de integrarse en una forma total, en aras de la auténtica felicidad, que se encuentra solo cuando se busca para el otro, no para sí mismo. Por eso, a todos aquellos jóvenes que sienten este llamado pero piensan que se trata de un ideal inaccesible en estos tiempos, habría que decirles: ¡No tengan miedo! El amor de Cristo por la Iglesia será su garantía. Vivan una vida llena de riesgo y aventura, sirviendo a la Iglesia y a la sociedad como esposos y padres de familia.

23 de agosto de 2015

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