Las raíces bíblicas del Jubileo de la Misericordia

Pbro. Eddy Palacios

Por: Pbro. Eddy Palacios

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El pasado 8 de diciembre ha dado inicio en la Iglesia un Jubileo extraordinario de la Misericordia. El Papa Francisco ha querido convocar esta celebración con ocasión del cincuenta aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II, movido por el deseo de que todos experimentemos con mayor profundidad la misericordia de Dios y al mismo tiempo seamos cada uno de nosotros misericordiosos como el Padre Celestial.

Hay muchos aspectos que pueden ser comentados en relación con este gran acontecimiento. En estos párrafos quisiera únicamente proponer algunos pasajes de la Sagrada Escritura que han servido de inspiración para la práctica de los años santos en la Iglesia, y por lo tanto también nos aportan importantes luces para el momento presente.

La disposición de vivir de modo especial algunos años cada cierto tiempo está recogida en las leyes del pueblo de Israel. Concretamente vale la pena leer en el capítulo 25 del libro del Levítico cómo se determina que cada siete semanas de años (o cada cincuenta años, según se entienda el texto), debe haber un año, llamado jubileo, en el que aquellos que han visto reducidas sus propiedades o incluso su libertad recuperen lo que han perdido, y se vuelva a la situación original:

Haz el cómputo de siete semanas de años, siete veces siete, de modo que las sietes semanas de años sumarán cuarenta y nueve años. El día diez del séptimo mes harás oír el son de la trompeta: el día de la expiación haréis resonar la trompeta por toda vuestra tierra. Declararéis santo el año cincuenta y promulgaréis por el país liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo: cada uno recobrará su propiedad y retornará a su familia (Levítico 25, 8-10).

En el libro de Isaías (61,2) se anuncia la restauración de Israel como un “año de gracia” del Señor:

El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad; para proclamar un año de gracia del Señor, un día de venganza de nuestro Dios, para consolar a los afligidos, para dar a los afligidos de Sión, una diadema en lugar de cenizas, perfume de fiesta en lugar de duelo, un vestido de alabanza en lugar de un espíritu abatido. Los llamarán «robles de justicia», «plantación del Señor, para mostrar su gloria» (Isaías 61, 1-3)

En el libro de Daniel (capítulo 9) se explica que el tiempo que tardará en darse la completa restauración de Israel es de setenta semanas de años, es decir, diez períodos jubilares:

Al llegar, (Gabriel) me habló así:

–Daniel, acabo de salir para hacer que comprendas. Al principio de tus súplicas se pronunció una sentencia, y yo he venido para comunicártela, porque eres un predilecto. Entiende la sentencia, comprende la visión: Setenta semanas están decretadas sobre tu pueblo y tu ciudad santa; para poner fin al delito, cancelar el pecado y expiar el crimen, para traer una justicia eterna, para que se cumpla la visión y la profecía, y para ungir el santo de los santos. (Daniel 9, 22-24)

Esta profecía de las “setenta semanas” favorece que algunos comiencen a medir la historia en períodos jubilares, esperando que con la llegada de cada jubileo Dios vaya otorgando sus bendiciones al pueblo de Israel.

En medio de estas expectativas, el ministerio de Jesús de Nazaret viene a dar cumplimiento a todas las antiguas profecías. El Evangelio de San Lucas (4, 16-21) nos relata cómo Jesús entró en una ocasión en la sinagoga de Nazaret y después de leer el texto de Isaías al que hemos aludido, explicó que esa profecía se estaba cumpliendo en ese momento:

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lucas 4, 16-21).

Cuando la Iglesia celebra los años santos, es consciente de que en ellos el ofrecimiento de la gracia de Dios se vive con particular intensidad. En este caso, el tema de la misericordia nos hace pensar que haya, como en los jubileos del Antiguo Testamento, como un “borrón y cuenta nueva”, es decir, que experimentemos cómo Dios nos puede perdonar las ofensas que le hemos hecho, y también gocemos de la liberación que supone reconciliarnos con nuestro prójimo. Naturalmente para conseguir tan grandes beneficios en nuestra vida acudiremos al Sacramento de la Reconciliación (Confesión o Penitencia), y estaremos dispuestos a borrar todo distanciamiento que eventualmente tuviéramos con alguna persona por cualquier motivo. De esa manera el presente Jubileo de la Misericordia estará produciendo sus frutos en nuestra vida.

 

 

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